Página electrónica de Eva Siroka



Biografía

Eva Jana Siroka, historiadora de arte y artista, pasó la mayor parte de su infancia en Bratislava, en su Eslovaquia natal, en un ambiente cultural que más tarde fraguaría su interés por las artes, las lenguas, y la historia en Hunter Collage y la Universidad de Princeton. Al casarse con un canadiense, pasó muchos años en Queen’s University en Kingston, Ontario. Desde 1972, su doble entrenamiento en historia del arte y Bellas Artes continúan confluyendo en numerosos trabajos de técnicas mixtas, incluyendo ensayos académicos y literatura, copias de pinturas y dibujos de antiguos maestros, ilustraciones de libros, y ciclos pictóricos de su propia inspiración. Estos incluyen un cuaderno de viaje de cabecera basado en su año académico en Roma, y un cuento de hadas ilustrado.

Maddalena, su primera novela, terminada después que la autora se mudó a Princeton en 1997, está basada en años de investigación sobre los artistas del Norte de Europa activos en la Italia del siglo XVI. En el argumento de basamento histórico, la autora explora senderos vedados para la escritura académica por falta de pruebas documentales, pero que no obstante pintan un mundo creíble y turbulento, en la Roma papal del siglo XVI.










Maddalena

Breve sinopsis

Alessandro Farnese tiene todo lo que siempre ha deseado, excepto el trono papal. Al igual que su mundano abuelo, el papa que concibió cuatro hijos, el cardenal tomó por primera vez sus votos sagrados tarde en su vida, sólo unos años después de beneficiarse con sus lucrativas oficinas apostólicas. Fue un gesto noble, pero calculado, ya que aquel hombre viril, en la cumbre de su poder, no podía olvidar a las mujeres.

El descubrimiento de una antigua estatua de Venus vuelve a despertar la pasión de Alessandro por las mujeres, pero el prelado más poderoso de Roma se enferma gravemente, y es curado por la misteriosa doncella Rebecca. Sus dos palacios, el Farnese y la Cancillería, abiertos al mundo del arte para Berti Spranger, un nuevo artista flamenco profundamente unido al hijo ilegítimo del Cardenal, Don Alphonso. Siguiendo la visión bíblica de Alessandro por Rebecca en su espléndida villa en Caprarola, Berti se convierte en cómplice de las relaciones ilícitas del Cardenal con ella. La saga de los amantes se entreteje magistralmente con la urdimbre social de la Roma contemporánea, deteniéndose en relevantes temas políticos y religiosos. La conversa Maddalena, conocida como Monna Lena, se graba rápidamente en la mente del lector en su brillante defensa de la igualdad entre los hombres y las mujeres a través de las palabras de San Agustín.

Tras su llegada a Roma, Berti conoce a Adrien Floris, un viejo amigo de Antwerp, en cuya casa viola a Monna Alba, la hija de la ama de llaves, quien entonces se va a España a unirse a la recién fundada orden de una mística, conocida hoy como Santa Teresa de Ávila. Además de la historia de Alessandro y Maddalena, Monna Alba, regresada de España, vuelve a entrar en la vida de Berti durante una orgiástica fiesta en la nueva casa de Adrien. Su amor pecaminoso está condenado, por la súbita muerte del hijo de Alessandro, Don Alphonso, a causa de las paperas, y a causa del destino cuando el juvenil Berti se niega a casarse con la muchacha encinta, para continuar su brillante carrera.

Tras cuatro fructíferos años al servicio del Cardenal, Berti se hace pintor del piadoso Pio V. Conoce a un talentoso compatriota, Hans Speckaert, y concierta un matrimonio para su nuevo amigo con una novia niña, la alemana Klara. Aletargado por la pérdida de Don Alphonso, la muerte de su patrón Pio, y el suicidio de Monna Alba, Berti existe exclusivamente para la realización de sus placeres. Varios capítulos magistralmente pulidos permiten que el rápido devenir del argumento se mezcle invisiblemente con el mundo contemporáneo del arte, la botánica, la medicina, la música, y la religión; en el caso de esta última la victoria de los cristianos sobre los musulmanes en Lepanto, un suceso que hace eco del actual drama político.

El recién electo Papa Gregorio XII arremete contra el cardenal Alessandro a través de Maddalena. Su horrible juicio, torturas y ejecución en la hoguera exponen la malvada mano del la Inquisición romana. Con la ayuda de un nuevo amigo, Karel van Mander, Berti salva a Maddalena durante una cataclísmica tormenta, y se refugian temporalmente en Florencia. Tras su regreso a Roma, Berti finalmente intima con la esposa de Hans Speckaert, causando así indirectamente la muerte de Maddalena, pero no antes de que esta cure al paralítico Hans. Un conmovedor capítulo final, que reúne a Maddalena moribunda con el amor de su vida, Alessandro, culmina en su milagrosa ascensión, mientras que el Año del Jubileo 1575 halla un lugar en el corazón de Berti que deja Roma hacia la corte de los Habsburgo Viena.


Continuación de Maddalena

Se desarrolla en el mundo de la Praga del Emperador Rudolph, mucho antes de que se derrumbara en el caos de las luchas políticas y religiosas de la guerra de los treinta años; la historia de la Dorada Trípolis está llena de intrigas que emulan con las de los infames Borgias. Berti es ahora el pintor de obras eróticas en la corte del Emperador Rudolph, mientras que el Emperador se niega a casarse con varias princesas reales, incluyendo la Reina Isabel I de Inglaterra, para vivir en una unión secreta con una plebeya en un mundo ilusorio creado por sus talentosos artistas de la corte para su mente esquizofrénica.


Comercialización de Maddalena

Única por su tema, la narración aspira a captar el público a través de los continentes y las barreras sociales. Aunque el énfasis principal del drama es la interpretación liberal de hechos conocidos, su meollo tiene raíces en documentos muy difundidos. En su riqueza histórica simplificada, con el propósito de ampliar el público lector, el libro aspira a relacionarse con clásicos como Ben Hur, Quo Vadis, y los Thornbirds, obras que cautivan al público por el mero poder del drama y las emociones. Con la intención de educar y deleitar, Maddalena y su continuación están también abiertos a la cinematografía y la televisión.


Fragmento de Maddalena

Cuando las antorchas crepitaron, Berti se tapó las orejas, porque el fuego se extendió rápidamente con el viento, como si danzara. Bien pronto todo el anillo de leños ardía; las llamas lamían hambrientas las piernas de Maddalena, mientras el hedor de la carne chamuscada se expandía por todas partes. Una rama ardiente alcanzada por el viento voló por los aires y volvió a ella. Berti no le podía ver el rostro cubierto por los cabellos salvajemente agitados, ni podía oír sus gritos. El pánico se entronizó; la aterrada muchedumbre corrió a refugiarse, intentando escapar de la ira de Dios. El viento azotaba los escombros por todas partes, pero Berti se quedó, enfrascado en una plegaria silenciosa por la rápida muerte de Lena. Karl y Gertgen permanecieron junto a él.

Dos nuevos relámpagos iluminaron el cielo tras la plaza, y el techo de la iglesia junto al río desapareció en una nube de humo. Un tercer rayo cayó en la vieja iglesia tras el podio, con tal fuerza que arrojó de sus asientos a todo el tribunal. Como ratas, los hombres huyeron en todas direcciones, mientras los cielos se abrían e inundaban la plaza. Unos minutos más tarde el Tíber respondió iracundo, saliéndose de sus riberas y derramando agua fangosa por la Vía Giulia y en la plaza.

A Berti le faltaba el aire, se aferró desesperadamente a Gertgen y Karl; los tres azotados por el vórtice de la tormenta, que los arrojó hacia los leños ardientes que rodeaban a Maddalena. El diluvio oscureció la plaza, y el cielo estaba tan encapotado que Berti apenas podía verles los rostros a sus compañeros.

La tormenta amainó tan repentinamente como había comenzado. Enormes ramas cubrían la tierra, enmarañadas con tablones y tejas rotos que flotaban en el río de fango, golpeando a los animales callejeros que correteaban indefensos en la plaza casi desierta. Estupefactos, los tres hombres se abrieron paso a través del fanguizal hacia Lena, azotados por el viento a cada paso.

Berti se rasgó un pedazo de camisa y se tapó la nariz. El hedor de la carne quemada de Maddalena le daba nauseas. “¡Karl, ayúdame!” Tomó la daga de su amigo y cortó las sogas, mientras los otros dos sostenían el cuerpo inerte.

“Con cuidado,” le gritó a Gertgen, con la esperanza de que estuviera viva. “Dame tu camisa,” le chilló a Karl, y le tiró la daga a Gertgen. “¡Y tú, ocúpate de Crispina! Karl, agarra esa mula que está allí.” Se las arreglaron para acomodar a ambas mujeres en la mula, con la camisa de Karl separándoles las espaldas en carne viva.

Una niebla pesada oscureció el aire, mientras avanzaban penosamente hacia el palacio de Berti. Las calles estaban desiertas. “Tenemos que sacarlas de la ciudad. ¡Inmediatamente!” le dijo Berti a Gertgen. “¿Pero a dónde?”

“Lléveselas a Florencia,” le contestó el sirviente.

“Pero el archiduque es amigo de Gregorio,” objetó Karl.

“¿Se te ocurre algo mejor? Tenemos que sacarlas de la jurisdicción del Papa,” contestó Gertgen.

Berti se rió. “¿Quieres decir que hay un sitio al que el Papa no pueda llegar?”

No había muchas opciones. Tres hombres y una carreta atravesaron la Porta de Popolo, diciéndoles a los guardias que las grandes arcas en la carreta contenían las herramientas de Berti. Se dirigieron hacia Florencia sin saber si las mujeres estaban vivas o muertas.

Trad. Blanca Acosta


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