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Eva Jana Siroka, historiadora de arte y artista, pasó la mayor parte de su infancia en Bratislava, en su Eslovaquia natal, en un ambiente cultural que más tarde fraguaría su interés por las artes, las lenguas, y la historia en Hunter Collage y la Universidad de Princeton. Al casarse con un canadiense, pasó muchos años en Queen’s University en Kingston, Ontario. Desde 1972, su doble entrenamiento en historia del arte y Bellas Artes continúan confluyendo en numerosos trabajos de técnicas mixtas, incluyendo ensayos académicos y literatura, copias de pinturas y dibujos de antiguos maestros, ilustraciones de libros, y ciclos pictóricos de su propia inspiración. Estos incluyen un cuaderno de viaje de cabecera basado en su año académico en Roma, y un cuento de hadas ilustrado.
Maddalena, su primera novela, terminada después que la autora se mudó a Princeton en 1997, está basada en años de investigación sobre los artistas del Norte de Europa activos en la Italia del siglo XVI. En el argumento de basamento histórico, la autora explora senderos vedados para la escritura académica por falta de pruebas documentales, pero que no obstante pintan un mundo creíble y turbulento, en la Roma papal del siglo XVI.
Se desarrolla en el mundo de la Praga del Emperador Rudolph, mucho antes de que se derrumbara en el caos de las luchas políticas y religiosas de la guerra de los treinta años; la historia de la Dorada Trípolis está llena de intrigas que emulan con las de los infames Borgias. Berti es ahora el pintor de obras eróticas en la corte del Emperador Rudolph, mientras que el Emperador se niega a casarse con varias princesas reales, incluyendo la Reina Isabel I de Inglaterra, para vivir en una unión secreta con una plebeya en un mundo ilusorio creado por sus talentosos artistas de la corte para su mente esquizofrénica.
Única por su tema, la narración aspira a captar el público a través de los continentes y las barreras sociales. Aunque el énfasis principal del drama es la interpretación liberal de hechos conocidos, su meollo tiene raíces en documentos muy difundidos. En su riqueza histórica simplificada, con el propósito de ampliar el público lector, el libro aspira a relacionarse con clásicos como Ben Hur, Quo Vadis, y los Thornbirds, obras que cautivan al público por el mero poder del drama y las emociones. Con la intención de educar y deleitar, Maddalena y su continuación están también abiertos a la cinematografía y la televisión.
Cuando las antorchas crepitaron, Berti se tapó las orejas, porque el fuego se extendió rápidamente con el viento, como si danzara. Bien pronto todo el anillo de leños ardía; las llamas lamían hambrientas las piernas de Maddalena, mientras el hedor de la carne chamuscada se expandía por todas partes. Una rama ardiente alcanzada por el viento voló por los aires y volvió a ella. Berti no le podía ver el rostro cubierto por los cabellos salvajemente agitados, ni podía oír sus gritos. El pánico se entronizó; la aterrada muchedumbre corrió a refugiarse, intentando escapar de la ira de Dios. El viento azotaba los escombros por todas partes, pero Berti se quedó, enfrascado en una plegaria silenciosa por la rápida muerte de Lena. Karl y Gertgen permanecieron junto a él.
Dos nuevos relámpagos iluminaron el cielo tras la plaza, y el techo de la iglesia junto al río desapareció en una nube de humo. Un tercer rayo cayó en la vieja iglesia tras el podio, con tal fuerza que arrojó de sus asientos a todo el tribunal. Como ratas, los hombres huyeron en todas direcciones, mientras los cielos se abrían e inundaban la plaza. Unos minutos más tarde el Tíber respondió iracundo, saliéndose de sus riberas y derramando agua fangosa por la Vía Giulia y en la plaza.
A Berti le faltaba el aire, se aferró desesperadamente a Gertgen y Karl; los tres azotados por el vórtice de la tormenta, que los arrojó hacia los leños ardientes que rodeaban a Maddalena. El diluvio oscureció la plaza, y el cielo estaba tan encapotado que Berti apenas podía verles los rostros a sus compañeros.
La tormenta amainó tan repentinamente como había comenzado. Enormes ramas cubrían la tierra, enmarañadas con tablones y tejas rotos que flotaban en el río de fango, golpeando a los animales callejeros que correteaban indefensos en la plaza casi desierta. Estupefactos, los tres hombres se abrieron paso a través del fanguizal hacia Lena, azotados por el viento a cada paso.
Berti se rasgó un pedazo de camisa y se tapó la nariz. El hedor de la carne quemada de Maddalena le daba nauseas. “¡Karl, ayúdame!” Tomó la daga de su amigo y cortó las sogas, mientras los otros dos sostenían el cuerpo inerte.
“Con cuidado,” le gritó a Gertgen, con la esperanza de que estuviera viva. “Dame tu camisa,” le chilló a Karl, y le tiró la daga a Gertgen. “¡Y tú, ocúpate de Crispina! Karl, agarra esa mula que está allí.” Se las arreglaron para acomodar a ambas mujeres en la mula, con la camisa de Karl separándoles las espaldas en carne viva.
Una niebla pesada oscureció el aire, mientras avanzaban penosamente hacia el palacio de Berti. Las calles estaban desiertas. “Tenemos que sacarlas de la ciudad. ¡Inmediatamente!” le dijo Berti a Gertgen. “¿Pero a dónde?”
“Lléveselas a Florencia,” le contestó el sirviente.
“Pero el archiduque es amigo de Gregorio,” objetó Karl.
“¿Se te ocurre algo mejor? Tenemos que sacarlas de la jurisdicción del Papa,” contestó Gertgen.
Berti se rió. “¿Quieres decir que hay un sitio al que el Papa no pueda llegar?”
No había muchas opciones. Tres hombres y una carreta atravesaron la Porta de Popolo, diciéndoles a los guardias que las grandes arcas en la carreta contenían las herramientas de Berti. Se dirigieron hacia Florencia sin saber si las mujeres estaban vivas o muertas.
Trad. Blanca Acosta